Los cuatro años de la presidencia de Donald Trump  significaron un éxito económico casi sin presentes en los Estados Unidos. Tenía asegurada la relección si no hubiera sido por la pandemia, en la que su gestión no fue convincente. La sociedad norteamericana es una de las más castigadas del mundo por el coronavirus.  La mayoría de los analistas están de acuerdo con esta afirmación.

Trump jugó su carta a la vacuna y Pfizer, suspicazmente, postergó el anuncio de su producto para después del acto eleccionario.

Fue la cuarentena la que justificó el nunca tan numeroso voto por correspondencia. Un mecanismo que se implementó originariamente para que pudieran votar los soldados que estaban en cumpliendo misiones militares en el exterior y que, lentamente, se fue extendiéndose a civiles como excepción.

Trump advirtió sobre la intensión de los demócratas de adulterar, por diversas formas, el voto por correspondencia.

Millones de norteamericanos recuperaron, durante la gestión de Trump, el trabajo que había sido sustituido por  mano obra barata, como las de China o México. Ese sector, como otros,  creyó la advertencia del Presidente  y se vio burlado por el voto postal que inclinó la elección en favor de Biden.

La célebre frase de James Carville, consejero de Bill Clinton en la exitosa campaña  en 1992, debió reformularse por algún asesor de Trump: “es el Covid 19 estúpido”.

Uno de los  más famoso de los editorialistas políticos norteamericano, Thomas Friedman, en el diario The New York Time, publicó un artículo que ayer reprodujo La Nación, donde sostiene que si se hubiera anulado la victoria de Biden por canales institucionales los 81.283.485 estadounidenses que lo votaron “habrían salido a las calles (yo había sido uno de ellos) y probamente irrumpirían en la Casa Blanca, el Capitolio y la Corte Suprema”.

No entiendo entonces porqué se sorprende con la actitud de algunos republicanos que irrumpieron en el Congreso.

Pienso que el fondo de la cuestión se está debatiendo en la actualidad en la ciencia política: el populismo, del cual Trump es un exponente.

Ortega y Gasset decía: “Lo que vale más en el hombre es su capacidad de insatisfacción”. De no haber sido así, seguramente estaríamos viviendo en las cavernas.

Las insatisfacciones de grupos sociales no siempre son canalizadas por los sistemas de la democracia burguesa establecida en el final del siglo XVIII.

Pero cuando en la elección no hubo claridad se afecta el sistema y cuando las demandas de muchos no son escuchadas también.

En caso de los Estados Unidos sorprende que haya aflorado en el país que, no solo fue la cuna de la representación popular, sino su mejor ejemplo.

Las instancias políticas y judiciales le dieron ganador a Biden, pero en los populismos el voto también es contra el establishment, que incluye los grandes laboratorios, como los que suponen retardaron la concreción de la vacuna. Esto lo explica, pero no lo justifica.

La forma de evitar los males del populismo es que la clase dirigente esté atenta a las necesidades, aspiraciones, y postergaciones de los distintos sectores sociales y no permita que el sufragio sea alterado.

Parafraseando a Churchill: el voto popular es el más inequitativo de los sistemas electivos de la democracia representativa, con excepción de todos los demás.

Fernando R. Klappenbach
@KlappenbachOtto

Doctor en Historia.