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40 años de impunidad.

Rucci: 40 años de un crimen que sacudió a la Argentina
Sólo dos días después de que Juan Domingo Perón fuera elegido presidente de la Nación por tercera vez, con un arrasador 61,85 por ciento de los votos, un grupo operativo de Montoneros y las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), que estaban en proceso de unificación, acribilló a balazos a José Ignacio Rucci en la puerta de una casa que le habían prestado sobre la calle Avellaneda, en la capital federal.
Sin embargo, esas organizaciones nunca reconocieron el asesinato del jefe de la CGT. Con el paso del tiempo, la verdad histórica salió a la luz por medio de investigaciones periodísticas, aunque a 40 años de aquel sangriento 25 de septiembre de 1973 que selló la ruptura política entre Perón y los Montoneros, la Justicia no logró arribar a una conclusión basada en pruebas y la discusión sigue centrada en una inagotable polémica sobre si se trató de un crimen de lesa humanidad -para eso se debe constatar la participación del Estado- que permita catalogarlo como imprescriptible.
De todos modos, existe una coincidencia generalizada en que el asesinato de Rucci se convirtió en un hito nefasto de la historia del peronismo, que aún hoy sigue dividiendo las aguas hacia el interior de un movimiento en el que conviven expresiones de todo el espectro político argentino.
El caso encarnó, en una dimensión dramática y violenta, el enfrentamiento entre el sindicalismo tradicional justicialista y la “tendencia revolucionaria”, germen de diversas reyertas que todavía surcan la escena política nacional. Descartadas las insólitas hipótesis de que el asesinato de Rucci pudo haber sido ejecutado por la CIA norteamericana o la organización paramilitar Triple A -que comandó el ministro José López Rega, de notoria influencia sobre Isabel Perón-, todos los indicios llevan directamente hacia la conducción de Montoneros, especialmente a Mario Roberto Firmenich, cuya esposa, María Martínez Agüero, lo reconoció en 2002 al afirmar que se trató de “una operación que no debió haberse hecho”.

La declaración de la mujer aparece en una biografía del líder de Montoneros titulada “Firmenich”. Pablo Waisberg, autor de la obra junto a Felipe Celesia, dijo a este diario que el asesinato de Rucci sólo se puede analizar ubicándolo en la tumultuosa década del ´70. “Los Montoneros cometieron muchos y grandes errores debido a su juventud. Eran chicos de 25 años en promedio que actuaron en un contexto en el que la cultura de las armas estaba instalada en las organizaciones, aunque eso no los exculpa”.
LA VISIÓN DE LA FAMILIA Claudia Rucci, actual diputada nacional, sólo tenía 9 años cuando mataron a su padre en la casa de Avellaneda y Nazca, en el barrio de Flores. Ella es la principal responsable de que la causa judicial no haya sido archivada -como ya lo intentó en una oportunidad el juez federal Ariel Lijo- y está “convencida” de la participación de Montoneros en el hecho. “Esto va a seguir hasta que tomen coraje y se hagan cargo de lo que hicieron”, advirtió enfáticamente la legisladora en diálogo con EL DIA. Rucci apuntó contra Ernesto Jauretche -hijo de Arturo Jauretche- como uno de los dirigentes de Montoneros que participó “activamente” de la preparación del asesinato de su padre. “En aquel momento era secretario de Asuntos Municipales del gobierno de la provincia de Buenos Aires y vivía en un departamento a tres cuadras de nuestra casa. Ahí se armó todo”, sostuvo la diputada en referencia a un edificio ubicado sobre la avenida Juan B. Justo, sobre el que sin embargo hay controversia legal.
LAS ARMAS DEL ESTADO También aseguró que las organizaciones guerrilleras obtenían armas de las cárceles bonaerenses. “Se me acercó un testigo voluntario que era jefe de la penitenciaría de Sierra Chica en 1973. Dice que de ahí sacaron unas 250 itakas y que los funcionarios de la Provincia lo sabían”, remarcó. Además, le pidió al juez Lijo que cite a declarar al ex diputado Miguel Bonasso -quien relató en “Diario de un clandestino” que Firmenich confirmó que su padre fue “ejecutado por la Organización”- y a la hija del ex gobernador Oscar Bidegain (ver aparte). Claudia Rucci, que se postula para la reelección como diputada nacional en la lista de Francisco de Narváez, dijo por otra parte que la “lógica política” que llevó a los Montoneros a matar a su padre sigue presente en la actualidad. “Por suerte ahora las cosas no se dirimen a los tiros, pero el vanguardismo propio de ese grupo terrorista tiene una línea de continuidad cuando desde arriba en el poder no escuchan a los que piensan distinto y bajan un mensaje de agresión y de enfrentamiento permanente”. Durante muchos años, la diputada -cuya familia cobró una indemnización del Gobierno de Carlos Menem- recibió el apoyo de sindicalistas como Gerónimo Venegas y Hugo Moyano para seguir reclamando a la Justicia el esclarecimiento del asesinato.
Se entiende: aquella confrontación entre los gremios ortodoxos -que simbolizaron Augusto Timoteo Vandor y el propio Rucci- con los sectores de la juventud que marchaban hacia el socialismo continúa -de distintas formas- encarnándose, de algún modo, en los múltiples rostros que presenta el peronismo actual.
LA HUELLA DE LA HISTORIA La propia presidenta Cristina Kirchner debió aclarar, la semana pasada, que siempre acató “la conducción de Perón”, luego de que confesara que en 1973 había votado a Jorge Abelardo Ramos, creador y máximo referente de la corriente Izquierda Nacional, que aportó una buena cosecha de 900.000 votos sobre los 7.300.000 que sumó la candidatura presidencial del líder justicialista. Se sabe que la jefa de Estado no fue la única integrante del Gobierno que en aquel momento votó a la “colectora” de Ramos.
En ese contexto, el periodista Ceferino Reato analizó: “Rucci fue la prueba de fuego". Un atentado hecho por Montoneros pero inducido por miembros de las FAR, que eran quienes tenían en carpeta al líder sindical. Y en Montoneros había una lucha entre tendencias militaristas y tendencias políticas. El asesinato fue la victoria de las tendencias militaristas.
Al considerarse la vanguardia armada del proletariado, explicitaron la gran contradicción con Perón, que era, como dijo Firmenich, ser partidarios del socialismo”. Reato escribió el conocido libro Operación Traviata, que es como se conoció luego del asesinato de Rucci porque en su cadáver se detectaron 23 balazos -igual cantidad de agujeros que tienen las galletitas de agua-, aunque los ideólogos y ejecutores guardaron tan en secreto los preparativos para asesinar al jefe de la CGT que nunca se supo, en rigor, el verdadero nombre con que habían bautizado el operativo.
Lo que sí se sabe es que en el mismo hecho resultó herido Ramón Rocha, el guardaespaldas del líder metalúrgico. El Torino en el que se desplazaban habitualmente terminó perforado por doce impactos de bala: algunas fueron disparadas desde una casa vecina -que estaba a la venta- que habían ocupado los agresores pocas horas antes, mientras que otras provinieron desde una azotea del otro lado de la calle. Es decir que el asesinato a Rucci fue planificado como una emboscada con fuego cruzado, para evitar que el sindicalista que había sostenido el paraguas en el regreso de Perón al país pudiera escapar ileso.
Rucci no llegó a cumplir 50 años -nació el 15 de marzo de 1924- y había pasado los últimos 25 en distintos estamentos del sindicalismo justicialista, desde el período de resistencia inaugurado tras el derrocamiento de 1955.
Cuando lo acribillaron a balazos, hacía un año que Perón se había dado el histórico abrazo con el líder radical Ricardo Balbín en la casa de Gaspar Campos, en Vicente López, donde pronunció esa frase tan dramáticamente incomprendida: “Para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”.

Fuente: ElDia.com: MARIANO SPEZZAPRIA