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Elecciones en Cuba, Puro Formalismo: Imitar a la democracia

En la puerta de cristal de un colegio electoral en la barriada habanera de La Víbora, cuelgan dos biografías breves: una de un hombre y la otra de una mujer. Los dos fueron propuestos a delegados de circunscripción.
Elecciones en CUBA 2017Las semblanzas, escrita con el típico lenguaje ortopédico de los comisarios políticos en Cuba, someramente nos cuentan el nivel educacional y los “méritos revolucionarios” de ambos candidatos.

Al estar prohibidas en la isla las campañas electorales, ningún ciudadano conoce cuál será la estrategia del futuro delegado y cómo piensa gestionar los problemas de la comunidad.

Es delirante votar a una persona incapacitada por decreto legal y sin poder efectivo para complacer las demandas de sus electores. Un delegado en Cuba es una figura decorativa, un intermediario del Estado insertado en una institución administrativa con más fines propagandísticos que de servicio público.

Electores como Ana María, ingeniera residente en el Reparto Sevillano, al sur de La Habana, reconoce que el Parlamento nacional y el entramado del Poder Popular son entidades ineficaces. “Si el gobierno es incapaz de resolver el montón de dificultades y privaciones que tenemos los cubanos, menos aún lo hace un simple delegado. Desconozco quién es el delegado de mi circunscripción y cuál es su trabajo para mejorar las cosas en el barrio, con calles rotas, salideros de agua, recogida de basura y alumbrado público deficiente”.

¿Entonces por qué vota?, le pregunto. Ana María hace una pausa y responde: “Por puro formalismo”. Como la ingeniera habanera, millones de personas van a los colegios electorales a cumplir un trámite de fogueo.

Nadie los va a castigar, sancionar o multar sino votan. Parece un relato esquizofrénico que una mayoría de la población participe en una puesta en escena que tiene como única intención simular un proceso democrático.

Evaristo, maestro de primaria, intentaba superar la resaca de la noche anterior con una ducha de agua fría cuando dos pioneros tocaron a su puerta para invitarlo a votar. “Claro que pude decirle que no. Pero, como muchos cubanos, tenemos un policía interior que nos dice: ‘ve a votar, ve a las reuniones, aparenta que apoyas al gobierno, pues si no puedes buscarte problema’. En esa simulación estamos la mayoría de los cubanos desde hace décadas. No se vota para elegir a un tipo que resolverá los problemas en el vecindario. Mentira. El gobierno monta todo ese andamiaje como una manera de demostrar apoyo popular al proceso”.

DIARIO LAS AMÉRICAS conversó con once personas: seis profesionales, dos funcionarios en el sector del turismo, dos estudiantes y un desempleado. Sin poder demostrarlo, todos alegaron “que si no van a votar los pueden señalar como conflictivos en sus centros laborales y pudieran perder sus trabajos”.

“Men, yo dejo la boleta en blanco y cumplo con el trámite, porque de buena tinta sé que si no vas a votar, después el jefe de sector (la policía) se te encarna. Y lo peor que te puede pasar en Cuba es marcarte como contrarrevolucionario”, apunta convencido el desempleado.

Aida, quien trabajó durante doce años dentro del sistema electoral cubano afirma “que votar es un acto voluntario. Es absurdo decir que por no votar puedes tener dificultades en tu escuela o empresa. Simplemente es un pretexto de las personas para esconder sus miedos. Te invito a que me traigas un caso de una persona que ha perdido su empleo por no asistir a las elecciones”.

Alfredo, abogado, señala: “Hay mil y una razones para no votar, pues el gobierno ha demostrado en casi sesenta años su incapacidad para gestionar bien el país. Pero en sistemas totalitarios como el cubano, el miedo y la simulación son más potentes que la lógica humana”.

Al filo del mediodía, según un parte de las autoridades electorales, alrededor del 40% de los cubanos aptos para votar, ya habían realizado el sufragio.

Una cruzada lanzada por el grupo disidente Cuba Decide, liderado por Rosa María Payá, que “vive a caballo” entre La Habana y Miami, convocaba a los cubanos a escribir Plebiscito en la boleta y de esa forma hacerle saber al régimen la urgencia de celebrar elecciones libres. Se lo digo a Joel, obrero, y me pregunta: “¿Quién es esa Rosa María?”. Le explico y responde: “No conocía esa volá. Además, ¿que resuelve escribir la palabra Plebiscito? Mejor no se va a votar”.

Según Daniela, encargada de fiscalizar las elecciones en un colegio de La Víbora, “siempre hay un grupo de boletas, el diez o quince por ciento, en blanco o que la gente escribe cosas contra el gobierno. Pero son las menos”.

En Cuba, al igual que en Corea del Norte o China, la participación ciudadana suele superar el 90 por ciento. Aunque personas como Ana María reconocen que este tipo de sufragio no va cambiar ni mejorar las duras condiciones de vida en el socialismo tropical, “en los genes de los cubanos está cumplir con esa ceremonia”.

Desde las siete de la mañana del domingo 26 de noviembre, más de 24.300 colegios electorales abrieron sus puertas en toda la isla. La hora de cierre era a las seis de la tarde. Cualquier ciudadano, incluso opositor, tiene el derecho de observar el recuento de las boletas en los colegios electorales de su circunscripción.

“Pa’que me voy a enredar en esa moña de ir a un colegio a ver qué cantidad de gente votó en mi zona. Todo esto no es más que una coreografía mal montada pa’ imitar que vivimos en democracia. Al final de la jornada el titular de los periódicos será el mismo: Tantos millones reafirmaron su apoyo a la revolución. Esto no hay quien lo tumbe, pero tampoco quien lo cambie”, indica René, administrador de una panadería.

Con una disidencia incapaz de convocar a miles de cubanos descontentos y un temor que paraliza a gran parte de la ciudadanía, el régimen autocrático intenta parodiar a la democracia occidental y convoca a unas elecciones que la mayoría de los electores y de los elegidos de antemano saben que nada va cambiar.
Por IVÁN GARCÍA