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China se abre a una nueva era económica

Pekín da un giro al modelo de crecimiento y alienta el consumoPekín da un giro al modelo de crecimiento y alienta el consumo en la mayor reforma desde los ochenta

Liu Guanghai no se considera un hombre afortunado. Ya no. En sus buenos tiempos llegó a acumular una fortuna de más de cien millones de yuanes (12,3 millones de euros), una cantidad sumamente respetable en China. Hoy, a este antiguo socio de la Compañía de Productos Minerales Tianci, una empresa propietaria de dos minas de carbón de la provincia de Sichuan, en el centro de China, se le acumulan las deudas, los bancos quieren embargarle y trata desesperadamente en los tribunales de no perder su casa.

Hace tan sólo cinco años, el Gobierno municipal de Fengjie, la localidad donde tiene su sede la compañía, premió a Tianci como una de las ocho empresas que pagaron más impuestos en el sector minero en 2008. Eran buenos tiempos para la industria. La minería estaba considerada un área estratégica, una de las que alentaban aquel crecimiento prodigioso, del 10% anual y más, que era la envidia de los países occidentales. Todas las puertas se les abrían. Hombres como Liu eran los reyes.

Pero todo eso ha cambiado. “Sus minas ya no dan nada de beneficio... Está en una situación muy difícil”, explica su abogado, Zhou Litai. Liu llevaba más de diez años en el sector, pero ahora debe más de setenta millones de yuanes (casi diez millones de euros). Un tribunal de Chongqing, en Sichuan, ha ordenado el embargo de las minas y de su vivienda. Su caso, asegura Zhou, famoso en China por prestar ayuda legal a grupos vulnerables, no es ni mucho menos el único en los últimos tiempos. “Es bastante general en el sector minero”.

En sus últimos años de mandato el primer ministro Wen Jiabao y ahora el Gobierno que encabeza el presidente chino Xi Jinping han decidido abandonar el modelo económico basado en el crecimiento a toda costa, incluida una explotación exhaustiva e insostenible de los recursos. La prioridad está ahora en un nuevo modelo que busca potenciar el consumo interno. En noviembre del año pasado, la reunión plenaria anual del partido comunista anunció un amplio proceso de reformas de 60 puntos, mucho más ambicioso de lo que esperaban los analistas, encaminado a dar protagonismo a las fuerzas de mercado. En numerosos campos, desde una mayor apertura del sector bancario a la ampliación de la cobertura del sistema de seguridad social. Incluye, entre otras cosas, por reducir el exceso de capacidad en sectores como el carbón. Y empresarios como Liu —en casos que evocan a las víctimas de la reconversión industrial española de los años ochenta— han sido algunos de los perjudicados.

“La economía estaba en la adolescencia

y ahora debe crecer”, dice un experto

Mientras Liu batalla en los juzgados, los analistas son unánimes. Las reformas de la segunda economía del mundo son inevitables, y urgentes, ante un modelo que ha permitido sacar a más de cuatrocientos millones de personas de la pobreza y que, guiado en sus comienzos por el reformista Deng Xiaoping, se ha ido alejando gradualmente de las premisas comunistas de Mao Zedong. Pero que se había quedado anticuado y comenzaba a dar peligrosas señales de agotamiento. “La economía china se encontraba en su adolescencia y, como todos los adolescentes, registró unos años de crecimiento muy rápido. Pero en algún momento los adolescentes dejan de crecer a ese ritmo y se convierten en adultos”, explica el catedrático del Instituto de Economía de la Academia de Ciencias Sociales de China (CASS), Wang Hongmiao.

Ese crecimiento rápido había creado problemas que, con la ralentización de los últimos años, han quedado cada vez más de manifiesto. Tras la crisis financiera de 2008, China ha alentado el crecimiento mediante la inversión estatal, lo que ha creado un sector inmobiliario que burbujea y ha beneficiado desmesuradamente a las grandes empresas públicas, muchas de ellas dinosaurios ineficientes.

El crecimiento por el crecimiento ha disparado la desigualdad social, la contaminación medioambiental y la inseguridad alimentaria. La oferta de China como fábrica del mundo, con una mano de obra barata y poco cualificada, se ve amenazada ante el envejecimiento de la población y el aumento de los costes de producción, especialmente por la subida de los salarios. Crece la diferencia entre la costa desarrollada y el interior rural: en 2013, la renta per capita disponible en las ciudades más que triplicaba la del campo. La inversión como arma de crecimiento se ha empleado mucho más allá de lo que era necesario y genera ahora cada vez menos rendimiento. El Fondo Monetario Internacional instaba en noviembre de 2012 a China a reducir su inversión en 10 puntos porcentuales de PIB para garantizar un crecimiento óptimo.

Ante esta encrucijada, las autoridades chinas han empezado a poner en práctica las reformas. La voluntad de cambio por parte del nuevo Ejecutivo —a diferencia de la década administrada por el binomio Hu Jintao y Wen Jiabao, llena de buenas palabras pero pocos avances— parece clara. De los 60 puntos planteados en noviembre de 2013, cuando el régimen incluyó una inédita referencia al papel “decisivo” de las fuerzas del mercado en la asignación de recursos, ya se han comenzado a desarrollar 49. “Puede haber dudas sobre su implementación, pero esta declaración es la más impresionante que hemos visto en este siglo”, dijo entonces al respecto la consultora de investigación económica británica Capital Economics.

Las puertas de las megaempresas públicas se abren a la inversión privada

Pero si la voluntad de cambio parece manifiesta, su efectividad es aún una incógnita. De momento, el crecimiento ha bajado de aquellas alturas de dos dígitos de hace unos años a un 7,7% el año pasado, que se calcula que rondará el 7,5% cuando concluya éste. Las autoridades chinas insisten en que no se trata de crecer en cantidad, sino en calidad, y las reformas darán fruto gradualmente y 

conseguirán un crecimiento sostenible a largo plazo. No acometerlas, sostienen, supondría abocarse a una caída aún más fuerte, con consecuencias trágicas en la estabilidad social.

Una de las iniciativas más aplaudidas es la entrada de inversión privada en las todopoderosas empresas estatales, que dominan industrias que van desde la energía, infraestructura o telecomunicaciones y que actúan bajo un régimen prácticamente monopolístico. “Hasta ahora las empresas privadas chinas, que tienen un potencial infinito, se han enfrentado a distintas restricciones por culpa de las compañías estatales y las instituciones gubernamentales. Lo oficial y lo estatal han acumulado la riqueza del pueblo”, afirma Hu Xingdou, catedrático de Economía del Instituto de Tecnología de Pekín. Cómo él, varios analistas consideran que estas empresas absorben la mayoría del crédito, crean ineficiencias y que, en definitiva, se han convertido en un lastre para el crecimiento económico del país. En julio, China anunció un programa piloto para que la inversión privada entre en el accionariado de seis de estas compañías, entre ellas el gigante alimenticio COFCO, para fomentar la propiedad mixta.
Sectores como el petrolero o las telecomunicaciones están en medio de procesos similares.